El mundo de los videojuegos necesita historias importantes cada cierto tiempo, herederas de fórmulas del pasado que los jugadores veneran como perfectas e ideales para ciertos géneros. Es difícil ver como una saga se mantiene en la cresta de la ola, contentando a propios y extraños con sus redes y encantos técnicos. Cuando en su día, se lanzó Baldur´s Gate, muchos exclamaron a los cuatro vientos la llegada del juego de rol occidental perfecto. Una dulce combinación de acción rápida y complejidad jugable que encandiló a millones de jugadores por todo el globo, y encumbró el nombre de la franquicia a cuotas inimaginables por aquél entonces. Baldur´s Gate era un juego casi perfecto, lleno de detalles y mimo por todos y cada uno de sus píxeles.
Era una carta de presentación, un auténtico credencial de que el género rolero podría contar con títulos de tamaño y peso para los jugadores de cualquier ámbito que así lo reclamasen. No solo los más avezados y aficionados a los títulos de espada y brujería se vieron alentados por los placeres de aquél videojuego, muchos que desconocían juegos parecidos anteriores, se vieron arrastrados ante aquella propuesta tan definida y trabajada. Era uno de esos juegos, que había que probar sí o sí.
Los encargados de aquella aventura, fueron los chicos de Bioware, una empresa que por aquél entonces era muy pequeña, y que llegó a ser lo que hoy es, por su constancia y trabajo alrededor de grandes títulos y mejores ideas. Siempre se ha caracterizado por ser un estudio capaz de leer los intereses del mercado y su público. Han sabido interpretar las tímidas (o evidentes, según que casos) señales de la industria, para saber orientar a sus juegos y franquicias según quieran. La mayoría de las veces acertaron, consiguiendo tener en sus manos dos de las sagas más queridas de la actualidad, Mass Effect y la presente Dragon Age, con las que han destrozado marcadores en revistas y webs de medio mundo, y arrasado en ventas con millonarios beneficios para sus distribuidores (y para ellos mismos, claro está).
Y es que supieron cómo y cuándo lanzar su videojuego. Dragon Age llegó en una época donde el género del rol, parecía estancado. Los estudios japoneses se han acomodado en la presente generación de consolas, y su ritmo de lanzamiento de juegos de rol ha disminuido considerablemente. Sus franquicias se asfixian en clichés del pasado, que si bien en un futuro funcionaron, ahora parecen tristes mecanismos antiguos y fuera de tiempo, que no logran encandilar a todos los jugadores posibles, y que lastran enormemente la imagen de sus compañías. Bioware supo interpretar una vez más lo que el jugador medio pedía, y actualizó con toda las de la ley, aquella fórmula que hacía cerca de diez años le funcionó en su día: la base jugable de Baldur´s Gate. Dragon Age heredó gran parte del sistema y el leitmotiv jugable de aquél título, y lo porteó a los placeres y bondades de la nueva generación. Todo el mundo quedó absolutamente maravillado con los resultados de un juego de rol completo, lleno de buenas ideas y con mucha ambición. Dragon Age, funcionó. Su historia, madura y compleja y su rico sistema de juego, fueron argumentos de peso para demostrar a todo el mundo la llegada de un nuevo rey del género.

La segunda parte, con semejantes resultados, era poco menos que inevitable. Ya fuese por la presión de las publicadoras y las grandes distribuidoras o del mismo afán de perfección y refinamiento de Bioware, todos sabíamos, que tras la avalancha de contenidos descargables del primer juego, llegaría un hipotético Dragon Age II. Y aquí lo tenemos. Entre nosotros. Los resultados son iguales, o mejores, que los vistos en el primer título, pero hay que ser sinceros y directos: Dragon Age II es un juego que no dejará indiferente a nadie. La polémica, está servida.