Encantador, estimulante e intenso: Machinarium es sangre nueva en los videojuegos.
La expresividad, pero también los actos comunicativos de los personajes, se derivan de la combinación de ambos terrenos, pues son los bocadillos como los de los tebeos con ilustraciones (estáticas o animadas) las que nos dejan ver qué "dicen", e incluso "cómo" lo dicen, con la agresividad del trazo, su inestabilidad, la caricaturización de los propios personajes a través de los bocadillos. Se narra y se expresa con profundidad y de manera sencilla elementos complejos, como el momento en el que tres robots malos echan de la ciudad al robot protagonista, cómo le separan de su novia, a la que secuestran, encierran, y obligan a cocinar para ellos, incluyendo la puntita humillante final de plantarle un sombrero de chef.
Conclusiones
A lo largo del año llegan al mercado producciones que superan en presupuesto a taquillazos de cine, juegos respaldados por enormes campañas publicitarias (el dinero llama al dinero) y que tienen a algunos de los mejores creativos y programadores del mundo firmando sus créditos. Muchos resultan poco inspirados, y menos inspiradores, pero funcionan, y nos gustan. Los necesitamos. A lo largo del año llegan al mercado también producciones ínfimas, hechas con más ilusión y esfuerzo con dinero, llenos de intenciones y buen hacer; sólo unos pocos, al final, van más allá de la creación de un concepto original que no siempre puede aprovecharse, pero sirve, al menos, para que sus creadores aprendan, evolucionen y nos avisen de que existen, y de que vale la pena seguirles la pista.
Machinarium es una de las propuestas independientes que va más allá: ésas que son juegos firmes, consistentes, bien construidos, que muestran una madurez poco habitual, y que ya no son promesas, sino hechos. Su concepción de la aventura gráfica y del puzle es apasionante para los amantes del género, todo un reto que sabe ofrecer recursos para esos momentos en los que ya no queremos darle más vueltas. Nos regala, además, un apartado artístico envidiable que las grandes compañías deberían mirar para después sonrojarse, y un sorprendente aprovechamiento de sus recursos técnicos. Jugarlo es una delicia para los sentidos, y para la mente, siempre estimulante y preparado para sorprendernos y hacernos sonreír. ¿Con qué más puede soñar un robot?