El dolor de Loe

#1  Enviado: 13:22 27/03/2012

El dolor de Loe

Los alumnos de la clase de historia se quedaron en silencio.

El profesor se acercó a la vieja pizarra e hizo la presentación mientras andaba de un extremo al otro:
—Arlan es un mundo lleno de misterios. Sus tierras encierran cientos de cuentos y relatos sobre las gentes que han poblado sus montañas, playas y prados durante generaciones. Las fabulas que se escuchan sobre ellos encierran grandes historias llenas de magia; algunas ciertas y otras, por culpa de las exageraciones y los borrachos, no tanto. La que abarcaremos en esta ocasión es real. Tan cierta como increíble. Y tan increíble como desgarradora.

Se detuvo junto a su querida mesa y abrió la tapa de uno de sus libros mientras lo agarraba iniciando la lectura:
"Todo comenzó en un camino de tierra que daba a un alegre pueblo pesquero del este. El nombre del mismo carece de importancia, pues el hilo conductor de este relato es ni más ni menos quien se encontraba en ese momento viajando a través del desgastado recorrido: un joven pajariano; una especie de humanoide con grandes rasgos aguileños.

El pajariano se llamaba Loe, y se dedicaba a recorrer todo Arlan en busca de personas a las que ayudar. Llevaba un año ejerciendo dicho cometido y, a pesar de que nunca pedía nada a cambio, se volvió tremendamente rico. Sus ropas pasaron de simples harapos arrugados y desvencijados por las largas travesías a majestuosas telas. Su bolsa de cuero atada por una negruzca y endeble cuerdecilla se convirtió en una mochila hecha a mano en las tierras lejanas; donde los maestros de lo artesano demostraron su devoción y gratitud entregándole piezas incalificables.

Antes, Loe solo tenía un propósito en la vida: ir a cada pueblo con el que se topara y curar con su “divinidad” a todos quienes necesitaran de su ayuda. Tan solo debía colocar su emplumada mano sobre sus frentes y cerrar los parpados. Algunos no comprendían como no aprovechaba su habilidad para cobrar grandes sumas y convertirse en el curandero más famoso del mundo, pues no había ni una sola enfermedad que osara resistírsele. Pero el corazón de Loe era tan puro y grande que sus necesidades nunca se tornaron egoístas… o eso creía todo el mundo.

La divinidad del joven pajariano, o habilidad pues no existía un nombre real con el cual definirlo, tenía una pega. Todo mal que arrancaba de los tristes cuerpos Arlanos se introducía en lo más profundo de su agotada alma, provocándole grandes pesadillas y dolorosos achaques. Por supuesto, Loe nunca quiso que nadie lo supiera, y por ello lo guardó en secreto. Pero, con el paso de las estaciones, se dio cuenta de que no podía seguir así, o moriría sin poder continuar repartiendo su bondad entre la prole.

Una buena tarde, con el ocaso del sol prácticamente entregándole el reinado a la luna, unos bandidos lo asaltaron obligándole a darles todas sus pertenencias a punta de cuchillo.

El pajariano suplicó ayuda sabedor de que era un recorrido ampliamente transitado por los lugareños, sin embargo... nadie acudió en su ayuda.

Loe no supo por qué, pero en cuanto dos de los tres bandidos lo tuvieron agarrado de sus aladas extremidades, mientras el otro se preparaba para darle una horrible paliza, algo ocurrió dentro su bondadosa alma.

Nadie lo salvaría. Toda su vida socorriendo a tanta gente y cargando con su dolor, y cuando por una vez él necesitaba a los demás nadie iba a ayudarlo.

Algo horrible y oscuro lo volvió maquiavélico y, sin saber exactamente como, traspasó todos sus males a ambos bandidos; dejando al tercero tan terriblemente asustado que este, suplicando piedad, le devolvió todas sus cosas. Loe agarró con ellas y después sentenció, vengativo, al ladrón que quedaba con ceguera.

A partir de entonces, los pensamientos de Loe nunca fueron los mismos, ya que había llegado a un loco pensamiento: si existía gente que no respetaba ni valoraba su trabajo, si cuando él necesitaba ayuda nadie hacía nada por él… ¿Por qué iba a dedicar su existencia a salvaguardar la salud de los demás?

Decidió que desde entonces haría las cosas en su propio beneficio. Y por ello, a partir de ese día curó a las personas de un pueblo y traspasó la enfermedad sustraída sin que nadie se percatara a los del siguiente. De este modo, la necesidad de contratar los servicios de Loe fue creciendo por todo Arlan, llegando a ser requerido, incluso, por las familias de la alta sociedad.

El corazón de Loe se había corrompido y su alma no tenía salvación ninguna. Así que su paseo por el camino hacia el pueblo pesquero era, ni más ni menos, que el prólogo de su siguiente relato de maldad y engaños. Bueno… lo hubiera sido si no fuera porque una pequeña colina del camino se vino abajo en este instante. La tierra lo alcanzó como una terrible ola vengativa y lo semi-enterró prácticamente por completo.

Pero el curandero no murió, en su lugar, se pasó todo el día bajo el sol, con tan solo los hombros y la cabeza libres, esperando a que alguien pasase y lo socorriera.

Su espera se hizo eterna, y durante ese tiempo su odio hacia todos fue creciendo más y más. A pesar de su locura, de su dolor y de sus maléficos planes seguía pensando que ayudaba a todo el mundo y que cuando él era quien precisaba ayuda, nadie aparecía para socorrerle. Tal vez la inmensa soledad lo estuviera envenenando por dentro tanto que su odio y maldad habían nacido desde un principio en su interior por la simple carencia de familia y amigos.

Finalmente, cuando la luna lo observaba atónita, pasó una anciana a su lado; la cual rápidamente torció su espalda siendo participe de su terrible destino. Inquietada, tras saber con quién hablaba, aseguró que iría a por ayuda prometiéndole que todo irá bien.

—Volveré pronto. La mala suerte ha caído hoy sobre usted, pues mi hijo es alguien fuerte y sanó… —Y luego, antes de terminar la última frase, agachó la cabeza entristecida—. Pero el pobre ha contraído fiebre y está en cama. —Finalmente corrió al pueblo pesquero todo lo rápido que sus enfermas piernas le permitieron.

Por supuesto, la mujer no sabía que dicha fiebre era fruto del propio Loe, que anteriormente había encontrado a su hijo cortando leña en el bosque. El ansia de maldad del pobre pajariano acababa de cavar su propia tumba. Pues, en caso de no haberse producido dicho acto, quien habría aparecido en lugar de la señora hubiera sido el hombre; al que maldijo una mañana antes.

Este hecho le hizo ver al pobre curandero como el destino se reía nuevamente de él en su propia cara. Era consciente de que un hombre de gran porte y excelente salud podría haberle sacado de allí con sus manos desnudas; pero aquella mujer, una pobre anciana que apenas caminaba sin tambalearse, tan solo podía limitarse a buscar ayuda.

Observó, cómo le es posible, a la señora, que ya llevaba recorrido gran parte del llano prado hacia el pueblo. Pero de repente algo se torció en los planes de Loe, pues esperaba ser rescatado a pesar de todo. La anciana cayó derrotada al suelo a causa de su enfermo corazón, que la había estado atacando durante sus últimos años de vida, y pereció en silencio a pocos pasos de la primera de las casas.

Loe quedó solo varios días. Nadie atravesó el camino durante ese tiempo y, finalmente, el pajariano murió de hambre. Sus propias malas intenciones terminaron por jugársela, enseñando a todos los que escucharon, escuchan y escucharan su historia, que nunca debe uno actuar de mala fe. Pues tal vez, algún día, necesites ayuda de los demás y no quede nadie que pueda hacer nada por ti."

El profesor cerró el libro y miró a la clase para hacer un último inciso:
—Con el tiempo, y tras conocerse la noticia de su triste muerte, se plantó un árbol en su memoria; que echó raíces donde había estado su cuerpo sepultado. Pronto creció, de forma doblada y arrugada sobre sí mismo, y empezó a dar frutos de aspecto negruzco. En un principio las fabulas aseguraron que curaban los males pero pronto las noticias se extendieron demostrando todo lo contrario. El pajariano continuó, incluso tras su muerte, repartiendo desdicha a su alrededor—. El maestro se limpió las gafas un instante y después terminó la clase con una corta despedida—: Y así nacieron las frutas de Loe, el único alimento que provoca enfermedades a todo el que osa degustarlas…

FIN
roxas27
El Acosador de Vandal
Lugar: La Mina · 1709 mensajes · Colección
#2  Enviado: 22:41 29/03/2012

Es usted un gran shakespeare
Lo veo todo Cuesta.
#3  Enviado: 10:07 30/03/2012

0.o No sé si es ironia o no, en cualquier caso gracias por comentar.
roxas27
El Acosador de Vandal
Lugar: La Mina · 1709 mensajes · Colección
#4  Enviado: 14:24 30/03/2012

En respuesta a Catalyst (réplica 3).
0.o No sé si es ironia o no, en cualquier caso gracias por comentar.
Introduce aquí la respuesta
Quiero decir que me gusta
Lo veo todo Cuesta.
Este tema está inactivo y no se puede replicar más.
Buscar en el foro: En foro: Tipo:
Foro de Vandal