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Los hijastros de Selena -relato corto-

#1  Enviado: 20:53 26/08/2011

Hacía tiempo que no colgaba un relato. Este lo escribí hace alrededor de un año, y es una ucronía (¿qué pasaría sí...?) sobre la llegada del hombre a La Luna.

Que lo disfrutéis.

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—Una magnífica desolación —dijo Aldrin mirando a su alrededor.

El corazón del astronauta aún galopaba por el alunizaje manual de Amstrong a última hora, pero sus pies ya dejaban huella en aquel fascinante desierto gris. Mientras Neil sacaba fotos, se alejó del módulo lunar con torpes saltitos. Algo extraño y cómodo a la par, al contrario que el aplastante regreso a la gravedad terrestre que sintió en la Gemini XII.

Comenzaron la actividad extravehicular con una euforia surrealista, canturreando y silbando sobre el polvoriento y resplandeciente Mar de la Tranquilidad, un escenario  que daba un aire onírico a algo tan convencional y ensayado como la colocación e instalación de los instrumentos científicos.

Aldrin se dispuso a posar en la arena las medallas conmemorativas de Gagarin y Komarov cedidas por sus familias, mientras Amstrong hacía lo propio con un parche en honor a los tripulantes del Apolo I. Amigos que murieron abrasados en su cápsula en el transcurso de un test en tierra. Durante unos instantes se centró en los nombres de los dos cosmonautas, compañeros de profesión pero rivales de patria: Yuri Gagarin murió en un vuelo de pruebas y Vladimir Komarov no consiguió desplegar los paracaídas de su Soyuz con éxito, estrellándose cerca del río Ural a doscientos kilómetros por hora. Gajes de pilotos que siempre corrían al filo, que aceptaban gustosos que les lanzaran más y más lejos en vehículos nuevos y escasamente probados. Soldados locos y atrevidos a quienes políticos y militares separaban de la cadena de producción con cantos de sirena, y zarandeaban a placer para superar al enemigo.

Pero allí estaban, al fin. En la Luna. La carrera por ser los primeros había terminado, y las misiones se volverían eventualmente menos arriesgadas.

No llegó a depositar los medallones, pues incluso su sudor se heló en cuanto miró al frente. Otro astronauta se hallaba en las cercanías, a una distancia difícil de precisar debido a la ausencia de referencias visuales. Su escafandra era menos gruesa, y tan estropeada y sucia de arena que no pudo distinguir insignias o banderas. Estaba ahí de pie, mirándolo, y así se lo hizo saber a Houston con voz temblorosa. Neil tampoco movía músculo. Luego de unos instantes, el astronauta empezó a saltar hacia Aldrin, desencadenando el violento martilleo de sus sienes. Amstrong se dispuso a ir tras él, pero su compañero le rogó por radio que asegurara el módulo lunar. Mejor que se acercara a él que a su único vehículo de escape.

Como supuso que el extraño se detendría a un metro o dos para un reconocimiento, la sorpresa fue aterradora cuando se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo forcejeando mientras su propio nombre sonaba por radio. Los gritos de Amstrong viéndole luchar por su vida. Por un momento imaginó al personal de la sala de control recreando lo que ocurría a partir de los gritos, gruñidos y telemetría biomédica. La arena que levantaban en la pelea no creaba polvareda. Antes al contrario, caía despreocupada sin dejar ni un grano atrás. De no ser por el contexto, diríase que chapoteaban graciosamente en la orilla.

Al alzar la mirada descubrió al extraño. El casco ennegrecido carecía de visera solar al contrario que el de Aldrin, por lo que podía vislumbrar con claridad los ojos inyectados en sangre, las espesas cejas bajo una frente rasguñada y las graves quemaduras minando las mejillas de su atacante.
Y sobre todo aquel aterrador rictus contraído, no supo si de rabia o dolor.

Intentó alejarse en un intento de evitar daños en el soporte vital de su traje, pero para su sorpresa el atacante rodó en la arena erráticamente, justo al lado de Aldrin, como si hubiera perdido interés en él. Amstrong contemplaba guardando la nave, alarmado e indeciso.

Los medallones. Se escurrieron de sus guantes durante el forcejeo, y el tercero en discordia, ahora tumbado boca abajo, los contemplaba apoyando los codos igual que un niño examina cromos en el césped. Puso en guardia a Aldrin al dar un salto para incorporarse, conmemoraciones en mano. Para cuando Buzz pudo imitarle, el anónimo atacante ya se alejaba a traspiés con el botín.

Algo repuestos del susto, ambos astronautas relataron a Houston lo ocurrido, y solicitaron ir tras el ladrón. Tras breves deliberaciones, Control aceptó rogando prudencia, un recorrido de razonable longitud y una cámara que Neil se ofreció a llevar. Aguardaron un minuto antes de partir para recuperar el resuello, no fueran a viciar el sistema de respiración de los trajes.

Durante el trayecto hacia lo desconocido, las huellas imperecederas les guiaron hasta el atracador casi en dirección a la Tierra. Lo encontraron tras una pequeña montaña a unos trecientos metros del Eagle.

Un arrugado amasijo de metal yacía en el regolito. En una de las chapas de aquella maltrecha araña de acero y papel de aluminio aún eran legibles las rayadas iniciales CCCP. Dos maltrechos cosmonautas se encontraban sentados a los pies de la chatarra, sus espaldas apoyadas en los restos de su nave y las piernas estiradas. El de la izquierda, inmóvil, tenía el casco ladeado con un agujero en el vidrio del tamaño de un puño. A su lado y pese a pequeños y ocasionales espasmos, su compañero manipulaba los medallones sobre el nylon de una bandera roja tendida entre los muslos. El casco se alzó oteando los alrededores, hasta toparse con Amstrong y Aldrin.

Apretó su dedo índice contra el cristal en un alienígena gesto de silencio, para volver a contemplar los medallones como si nadie más estuviera allí.

Amstrong alzó la cámara con inseguridad, pero dejó caer el brazo antes de tomar ninguna fotografía. Ambos ignoraron las peticiones de respuesta de Houston hasta que el cosmonauta dejó de moverse, inclinado sobre el hombro del otro piloto.

Mientras Neil Amstrong empezaba a hablar con el control de la misión y a capturar las primeras imágenes, Buzz Aldrin contemplaba a los cosmonautas muertos, cantándoles un lamento en silencio. Deseando que en algún universo paralelo la misión precaria que intentaría adelantarles a toda costa fuera una sonda automática, y no aquellos nuevos hijastros de Selena.
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