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Vandal Online

Masturbalía.
El pepino rojo
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Enviado: 18/05/2008 00:45  +1 (3 votos)
Estoy con una despampanante morena en un lugar realmente idílico. Una especie de bosque nos acoge con delicadeza, entre árboles frutales, cascadas, pequeños riachuelos y pájaros entonando sus mejores melodías. Estamos a ras de suelo, tumbados sobre nuestras espaldas, mirando como los rayos del sol atraviesan los árboles hasta llegar a nosotros. Estamos totalmente desnudos, y siento el calor recorrer todo mi cuerpo.

Se apoya en sus codos, incorporándose lentamente y mira hacia el majestuoso lago que tenemos enfrente. Es una auténtica musa. Su morena melena le tapa sus preciosos senos, rodeándola de un aura de belleza sobrecogedora.

Se acuesta sobre mí. Nos besamos lentamente, disfrutando de cada lametazo como si fuese el último, realmente apasionados. Empezamos a unir nuestros cuerpos, pero entonces, de repente, algo cambia: mi visión se torna borrosa, empiezo a comprender que todo es un sueño y entonces…

Despierto.

Miro al techo. Sigue tan blanco como siempre, deteriorándose con el paso del tiempo. Las paredes están teñidas de un rojo sangre, restos de una guerra con insectos nocturnos que no acabará nunca. La luz de mi despertador da a la habitación un color azul oscuro casi negro que me envuelve por completo. Frente a mí, la puerta entreabierta que da al pasillo se convierte en una persona de dos metros que permanece inmóvil mirando fijamente hacia mí. Nunca la he visto, pero parece que me conoce. Sobre sus anchos hombros descansa una gabardina tan oscura como su silueta. El miedo me paraliza, me hago el dormido durante 10 interminables segundos, y al abrir de nuevo los ojos veo que aún sigue allí. Durante un tiempo que me parecen años pienso qué puedo hacer.

A mi derecha. ¿Cómo antes no lo había visto?. Un perro enorme hace guardia a los pies de mi cama, aún sentado sobre sus posaderas es más grande que mi mesa de noche. Entonces, con el mismo movimiento de ojos que hago para mirar a mi derecha, intento levantarme de la cama, pero no puedo. Estoy
paralizado. Por mucho que hago fuerza para levantarme me es imposible.

Entonces lo comprendo: el hombre de la puerta me ha disparado algún tipo de dardo tranquilizante. Estoy completamente a su merced.

Empiezo a gritar como un poseso. Nunca en mi vida he sentido tanta angustia. Nunca antes he gritado de esta manera. Me duele la garganta. Pero aún así, no emito ningún sonido. La habitación sigue estando tan en calma como lo ha estado toda la noche. Estoy bien jodido.

No.

He de intentarlo.

Ante la impasible mirada del extraño hago acopio de todas mis fuerzas. Tras decenas de intentos fallidos logro mover los dedos del pie. Un dedo despierta a otro dedo que despierta a otro dedo que despierta a otro dedo. Tras conseguir esto logro mover mi cuerpo, y en ese momento todo se desvanece y disipo la realidad tal como es: ha sido otra parasomnia.

Por muchas parasomnias que sufras, siempre serán como la primera vez. Recuerdo cómo me quedaba sentado en la cama, con la luz encendida, con temor a quedarme dormido de nuevo, las primeras veces que me sucedió.

Miro el reloj: las tres de la mañana. Empiezo a currar a las 4, así que no merece la pena intentar dormir.

Me levanto de la cama y me dirijo a la cocina. Creo que va a ser la primera vez que desayune en meses… siempre y cuando se le pueda llamar desayuna a tomar un vaso de zumo a las 3 de la mañana.

Plancho el pantalón del uniforme, simplemente por hacer tiempo. Me visto, con toda la parsimonia del mundo y me monto en el coche.

Si tuviese que decir que es lo que más me gusta de mi trabajo diría que el camino hasta él: es cojonudo el ir con tu coche a toda velocidad, alcanzando 180 km/h en la autopista, sin nadie que te moleste, y con tu música favorita de fondo tronando por los altavoces.

Llego al aeropuerto y miro el reloj: hoy he conseguido llegar dos minutos antes. Voy mejorando.
Paso por el control de seguridad, y ahí está el capullo de siempre. Paso por aquí un mínimo de 5 veces por semana, y el muy cateto no es capaz de recordar mi cara. Le enseño la identificación y paso por el arco.

De repente siento cómo se me quedan mirando, esperando a que haga algo. No entiendo el por qué de sus escudriñantes miradas, así que recojo mis cosas y sigo adelante. Entonces al coger la cartera tengo una iluminación: el trozo de hachís que llevo en ella. Joder, lleva una semana ahí adentro y sin darme cuenta. De ahí las miradas… en fin, me lo fumaré en el descanso y listo.

Está siendo otro coñazo de día en el trabajo. Acabo de atender a un negro que parece no haberse duchado en años. He oído que por su pigmentación el sudor es más fuerte que el nuestro, pero joder, olía como si se hubiese rebozándose sobre cadáveres en descomposición.

Y encima el tío era tan pobre que ha comprado una puta colonia “Puma”, la más barata que tenemos con diferencia. Me dieron ganas de gritarle en su estúpida cara:

- Qué, ¿no ves suficientes pumas merodear por tu chabola en tu país de mierda? ¿No tienes suficiente con haber visto como uno, hambriento, devoraba a tus dos hijas sin tu poder hacer nada? ¿Eh, negro de mierda? ¿De verdad no tienes suficiente?.

Entonces me ha dicho que si podía envolvérselo en papel de regalo.

A veces agradezco a Dios que guíe a su ejército de subnormales por mi tienda. Me alegran el día.

Pero nada comparado a como me lo alegra Yaiza. Es mi compañera de turno en este agujero infecto, y sólo por verla a diario merece la pena venir a trabajar.

Fantaseo a diario con que un terrorista suicida entre dispuesto a volar el puto aeropuerto, haciendo antes escala por mi tienda, para poder desarmarlo, salvarla, y llevarme mi merecida recompensa… O, simplemente, para que me saque de esta puta monotonía que consume mi vida. Solo pido eso, un puto moro con C4 pegada a su cuerpo, que vuele la puta tienda y nos lleve a todos con él.

No es que me crea mejor que un americano, pero yo también deseo una muerte dramática.

Su uniforme de trabajo no es nada sexy, realmente, es antiestético: un pantalón, pero no de mujer, apretadito y marcando el tanga, no, pantalón de hombre, o mejor dicho, de lesbiana de libro, sueltos y disimulando culo, junto con un polo, con pocos botones que no dejan mostrar mucho.

Pero hoy no. Hoy ha venido con una camiseta escotada, del mismo color que el polo, pero mostrando sus jodidamente sensuales tetas. Me ha contado la historia de que se le destiñó la otra y a última hora solo tenia esa y la trajo. Pero yo sé que no es por eso, es porque sabe que me pone burro, y quiere  hacerme sufrir.

Puta.

Está comiéndose un chicle. Pero no tiene bastante con mascarlo. Tiene que sacárselo de la boca, estirándolo con el dedo, e introducirlo de nuevo en su boca con giros imposibles de lengua. Todo esto mientras me mira y me guiña el ojo.

No puedo soportarlo, rápidamente llamo a mi supervisora y le digo que NECESITO ir a comer. Urgentemente.

En 10 minutos que a mi me parecen años, llega mi relevo. Sin decirle hola siquiera salgo volando de la tienda, notando una prominente erección en mi pantalón. Me meto la mano en los calzoncillos, me coloco la polla de una forma disimulada y me dirijo hacia mi taquilla.

No me he traído más que una chocolatina hacendado para desayunar, así que decido comprarme un café y tomármelo en la terraza mientras fumo.

De camino a ella me encuentro con un pasajero que, a mi parecer, está algo aturdido. Me ve el uniforme y, cómo no, se cree que trabajo en algo gordo dentro del aeropuerto, y no en una puta tienda de souvenirs.

Se me acerca y me pregunta:

- Perdone joven, ¿sabe si hay algún buzón aquí dentro?. He de enviar una postal…

A lo que yo, educadamente le respondo:

- Lo siento mucho señor, pero aquí dentro no hay ningún buzón.

El tipo se viene abajo, y me responde:

- Oh… es que es muy importante… en fin… gracias…

Le tiendo la mano, y con la mejor de mis sonrisas le digo:

- Tranquilo señor, si quiere puedo enviársela yo cuando termine mi turno. Hay una oficina de correos justo afuera, al lado de los aparcamientos.

El viejo me mira, como si fuese el jodido Jesucristo:

- ¿De verdad? Oh, muchas gracias joven, es bueno ver que aún queda buena gente en el mundo…

Asiento con la cabeza, me despido, deseándole buen viaje y prosigo mi camino.

Pido un cortado y me voy afuera, a la terraza. Hace una noche realmente agradable. Apenas hay viento, y sólo estropea el momento los jodidos anuncios por megafonía. Los odio.

Miro la postal: es la típica imagen del Roque Nublo, con una bonita puesta de sol de fondo. Le doy la vuelta y leo lo que hay escrito:

”¡Hola princesa!

Ojalá estuvieras aquí conmigo, el lugar es increíble, sobre todo las playas. No me he puesto protección como me dijiste… ¡y ahora estoy como un cangrejo! Jeje. Bueno, te mando millones de besos y espero verte pronto, princesa.”

Realmente enternecedor. Me han entrado unas potentes arcadas que me fuerzan a  mantener la respiración unos segundos, hasta que logro eliminarlas.
Saco un bolígrafo de mi bolso (si, me hacen llevar un bolsito transparente en el trabajo, por temas de seguridad, dicen) y comienzo a dibujar pequeños monstruos realizando una orgía.  Cambio los “princesa” por “zorra asquerosa”  y el ¡”ahora estoy como un cangrejo!” por “¡y creo que ahora tengo sífilis!”.

Me tomo el último sorbo de café, meto la postal en el buzón que hay justo enfrente de mis taquillas, y vuelvo a la tienda.

Lo primero que veo es a Yaiza agachada, mostrándome el tanga. Mi relevo me
dice adiós pero estoy petrificado y no puedo contestar. Toda la sangre se me ha ido a la punta de la polla.

Ya no aguanto más. Ha empezado a dolerme la erección, y una vez empieza a dolerme, o eyaculo en breve o el dolor me pasa a los huevos.

Le grito que voy al baño, que enseguida vuelvo, y voy volando hasta llegar a la puerta del baño, donde una limpiadora me frena en seco, ya que está “haciendo su trabajo”.

Noto como mi huevo izquierdo empieza a contraerse de manera espasmódica. No queda mucho tiempo.

Abro la puerta de minusválidos y sin pensarlo me meto dentro, paso el cerrojo y me saco la polla de los pantalones, la cual está dura como un menhir y ardiente como el jodido infierno.

Me la casco como un maldito macaco, pero lo único que siento es dolor. Tengo que pensar algo. Me levanto y voy directo al lavamanos. Me embadurno la polla de jabón y continúo pelándomela, pero el jabón se seca y he de mojármela, para que siga resbalando. Empiezo a mojarme el puto pantalón, así que sin pensarlo me giro hacia el secador automático, el cual, supongo que por el agua y por la calentura de mi polla hace contacto y me suministra una dosis de alto voltaje por todo mi cuerpo.

Supongo que el hecho de que el suelo estuviese lleno de agua también ayudaría.

Y.

Es.

BRUTAL.

Siento una descarga que empieza por mis pies, sigue subiendo y se para justo debajo de la cintura. Se concentra toda la puta descarga en el tronco de mi polla. Y de repente, siento como expulso toda la electricidad, junto a millones de espermatozoides, a través de ella.

El mejor orgasmo de mi vida, seguido del primero (el cual me autoregalé por mi duodécimo cumpleaños), y del primero que tuve tras operarme de fimosis.

Y ahora me encuentro tumbado en el suelo, con los pantalones hasta las rodillas, la polla chamuscada y todo mi uniforme lefado.

No puedo moverme. Al menos no del todo. Haciendo toda la fuerza posible podría mover una pierna, o una mano… la cual podría utilizar para pulsar el botón de emergencia que (dios te amo) todos los baños para minusválidos tienen. Al menos en los aeropuertos.

Hago acopio de todas mis fuerzas, y logro moverme lo justo para presionar, una sola vez, el botón de emergencia. Me considero ateo, pero aún así rezo a Jesús, Buda y Shiva que, por favor, hayan recibido la llamada de emergencia.

Una voz de mujer retumba por el altavoz:

- ¿Hola? ¿Ocurre algo?.

Intento hablar, pero no puedo. Tan solo consigo emitir una especie de sonidos guturales:

- Uuungg… ggnnnhhhn… unnng…

La chica se alarma:

- ¿Señor? ¿Se encuentra bien? Tranquilo, ya vamos hacia allá.

Joder, estos chicos realmente se toman en serio su trabajo. En menos de 1 minuto irrumpe un chico de seguridad en la puerta.

Le miro a los ojos y contemplo su expresión de terror. Se lleva las manos a la boca, pero justo en mitad de camino no puede evitarlo y vomita. Cae de rodillas, temblando, antes de intentar siquiera acercarse a mí.

Entonces, mientras veo como se me acerca, lenta e inexorablemente mi salvador, me asalta la preocupación de qué será de mí a partir de ahora. De cómo podré seguir mirando a la cara a mis compañeros de trabajo. A Yaiza.

Entonces, por iluminación divina, recuerdo que me queda solo una semana de contrato.

Una amplia sonrisa se dibuja en mi cara.

Cierro los ojos y me dejo arrastrar.

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