El nuevo Bioshock abandona Rapture para llevarnos a otra ciudad utópica, de principios del siglo pasado, que también esconde muchos secretos.
Bioshock tuvo mucha expectación hasta su lanzamiento y no defraudó. Irrational Games creó uno de los juegos más impresionantes de su momento, uniendo jugabilidad en primera persona con una excepcional narrativa y un sorprendente diseño de producción, trasladándonos a las entrañas de una idílica ciudad bajo el agua ideada en los años 40 y repleta de edificios de estilo art decó.
Bioshock Infinite, tercera parte de la saga, abandona Rapture para trasladarnos a otra época, unos años antes, substituyendo los Big Daddy, las Little Sister y el estilo del anterior, por una nueva imaginería. La acción transcurre esta vez en 1912, en una ciudad flotante llamada Columbia que esconde un nefasto secreto.
En la presentación nos dieron una breve introducción de la época del juego y de qué es Columbia. A finales del siglo XIX se sucedieron una serie de inventos que transformaron el mundo rápidamente; luz eléctrica, teléfono, gramófono, coches y aviones, entre otros ingenios, irrumpieron en la vida de todo el mundo desarrollado en el plazo de apenas veinte años, cambiando radicalmente y para siempre muchas facetas de la vida cotidiana.
La historia del juego cuenta que, para demostrar su superioridad como civilización e ideología, los Estados Unidos ideó una ciudad flotante, Columbia, que ejercería de exposición universal itinerante por todo el mundo, demostrando el florecer de la tecnología del país, y ejerciendo al mismo tiempo de presión política para el resto de estados. Una especie de "estrella de la muerte", según nos comentaron en la presentación, que haría plegarse al resto de países a los deseos de América, so pena de represalia.
Por alguna razón, tiene lugar un incidente en Columbia, y la ciudad escapa al control de los Estados Unidos o, mejor dicho, el país se desentiende de ella, convirtiéndose en una especie de mito, de fantasma, que de repente aparece sobre un país y lo ataca violentamente, y luego desaparece para reaparecer meses después. En este contexto, nosotros controlamos a una especie de cazarrecompensas con poderes psíquicos que recibe la misión de rescatar a una chica desaparecida, una tal Elizabeth... y para ello tendremos que ir hasta Columbia.
Tras esta breve introducción, nos mostraron el juego en sí durante unos minutos. Desde el principio Bioshock Infinite emana esa "esencia Bioshock". La ambientación ha cambiado mucho con respecto al original, pero se pueden ver fácilmente analogías con el primer juego. Las frases de autosuperación humana que plagaban ahora Rapture son en Columbia llamadas a la unidad contra el enemigo que amenaza la civilización. Columbia está llena de carteles de exaltación patriótica, algo así como una exageración de la ola de orgullo nacional que sacudió Estados Unidos durante la época. Tras ver un mural en el que una especie de Tío Sam sostenía unas tablas con mandamientos, acosado por guerrilleros mexicanos e indios, nuestra vista se paseaba por unos cuantos carteles advirtiendo que la "horda extranjera" se llevaría tus propiedades, tu mujer y tu vida si se lo permites.

La breve mirada por el escenario se veía interrumpida por un repentino derrumbe: un campanario flotante, elevado por globos y anclado a la ciudad por cables, se precipitaba a los suelos de Columbia, destrozándose con la caída y llegando la campana hasta nuestros pies. Dando unos pasos, tras esta demostración de potencia del motor del juego, veíamos cómo ha sido diseñado Columbia, tomando la estética de la época, tan recargada y elegante, pero abusando de ella, del mismo modo que Bioshock lo hacía con el art decó. Pronto veíamos que algo no iba del todo bien en la ciudad, al ver un edificio en llamas y como una señora seguía barriendo el suelo de la entrada pese a verse envuelta por el incendio.