Otro de estos detalles con cierto peso en la aventura es el de las misiones de Realidad Virtual, rediseñadas por Doktor, el carismático científico alemán. Descubriremos la primera a modo de tutorial, pero si indagamos en los recovecos de cada uno de los escenarios, encontraremos ordenadores donde podremos activar el resto, que alcanzan la nada despreciable cifra de 20, algunas de una dificultad bastante alta.

Y hablando de dificultad, en Rising hay 3 modos distintos: Fácil, Normal y Difícil. Los dos primeros son sorprendentemente asequibles, ya sea por el exceso de "raciones" o porque al realizar un Zandatsu con éxito recargamos la vida entera. En Difícil sudaremos tinta, ya que un fallo en un bloqueo puede significar que perdamos la mitad de la barra de vida, y los jefes finales no perdonan. Para ayudarnos tenemos armas limitadas como algunos tipos de lanzacohetes y granadas, y si optamos por el lado más pacifista, no faltan los bidones y las míticas cajas andantes que harán sospechar a los enemigos.
En lo jugable, Metal Gear Rising es bastante ágil y frenético, pero su ritmo no es tan alto como puede parecer. De hecho, el acceso al menú de objetos es algo tosco, un indicador de que hay que pensarse las cosas dos veces antes de actuar. Muchas fases integran momentos frenéticos como carreras a través de edificios en ruinas, pero una vez llegados a una sección de combate, el aporreo de botones no siempre es lo más efectivo. Bien es cierto que en los niveles de dificultad bajos podremos avanzar con un rango entre C y B sin complicaciones, pero para llegar al S tendremos que combinar muy bien los golpes de katana con los del arma secundaria a la vez que despiezamos en muchos trozos, realizamos un Zandatsu con éxito y por supuesto bloqueamos y contraatacamos cuando la situación lo requiera.
La belleza de los 60 fotogramas por segundo
Para plasmar todo este conglomerado de movimientos con desenlaces tan espectaculares como desagradables, Kojima pidió expresamente a Platinum Games que la acción fluyese a 60 fotogramas por segundo. Dicho y hecho. Metal Gear Rising fluye con soltura a esta tasa de frames, y solo en momentos muy puntuales se perciben tirones. El motor gráfico que se ha usado para este juego presenta personajes muy detallados, con unas texturas e iluminación de gran nivel, y un único fallo o apartado menos cuidado como es el de los escenarios, demasiado simples y grisáceos. Esto último se compensa con la gran cantidad de elementos que se pueden destruir a espadazos, pero claro, de algún sitio había que recortar para alcanzar una fluidez tan alta.

Las partículas, como la sangre que salta a chorros o las chispas y el polvo que se levanta con cada encontronazo, son las grandes protagonistas del juego, y hacen que en directo sea un espectáculo muy divertido de ver. También cumplen con creces los personajes secundarios, destacando por encima de todos a los jefes, de un diseño espectacular y con mucha personalidad, algo bastante esperable sabiendo de quién vienen sus diseños. Desde el lobo cibernético LQ-84i hasta un simple Dwarf Gekko, no hay personaje genérico o descuidado, y esto por desgracia no es tan habitual como desearíamos.